CAPÍTULO I
El despertador sonó a las seis en punto, como cada mañana. Lo apagó de mala gana, mientras pensaba que era imposible que ya hubiesen transcurrido siete horas desde que se acostó. Le invadió el desaliento de todos los lunes: hacer un trabajo que no le gustaba, que detestaba incluso; tal vez como la mayoría de la gente, pero ese era sólo el consuelo de los resignados... “Bueno, es mejor no pensarlo demasiado y levantarse”, se dijo a sí mismo.
Solía engañarse con la convicción de que sólo era algo provisional, aunque, en el fondo de sí, sabía que no había hecho sino entrar en un círculo vicioso del que sería muy difícil salir.
Acababa de tomarse un año sabático en los estudios; en parte porque había suspendido el examen de acceso a la universidad, aunque por otro lado, a sus veintiún años, tampoco tenía demasiado claro qué era lo que quería estudiar, ni siquiera lo que quería hacer con su vida. Sin embargo, cada mañana, tras el madrugón, pero sobretodo, más tarde, al embutirse la maloliente ropa del tajo, volvía a decidir firmemente seguir estudiando al comienzo del próximo curso universitario.
Se consolaba, no obstante, pensando en lo bien que le iba a venir para sus estudios el dinero que ganase en ese año.
Con su reciente título de bachiller, se consideraba intelectualmente preparado para realizar un trabajo mucho más cualificado que el que hacía en la planta química donde trabajaba; sin embargo, en su lugar, debía vérselas cada día con las agarrotadas tuercas que unían las infinitas tuberías del complejo.
Cada día, a la vuelta de la faena, regresaba agotado a casa; su cuerpo enclenque y desmañado, dolorido por los frecuentes golpes, no era el de su cuñado y compañero de trabajo: Ernesto.
Él, sin embargo, tenía unos brazos fuertes, curtidos en el esfuerzo diario de su dura profesión: soldador y tubero. Acostumbrado como estaba a sus inclemencias, se burlaba con espíritu paternal de la torpeza de su hermano político. “Tú fíjate en mí… ¡No te queda ná por aprender!”, le decía.
Yago estaba en el aseo, lavándose la cara, cuando de repente le sobresaltaron los insistentes golpes de la puerta; parecía la voz de su madre: “¡Yago! ¡Date prisa en levantarte o llegarás tarde al trabajo! ¡Son las seis y veinte!”, le urgió desde el otro lado.
Aún aturdido por el sueño, tardó un rato en comprender que realmente no estaba en el aseo, sino al calor de las sábanas, tumbado sobre la cama. Pero; ¿Cómo era posible?…; parecía tan real..., tan cierto…
Esta vez si se levantó rápidamente, aunque algo confundido, y ya no pudo en todo el día quitarse aquella machacona idea de la cabeza: ¿Cuál es la realidad, el sueño, o lo que conocemos como vigilia...? ¿Y si cuando creemos soñar, estamos despiertos?, ¿Y si cuando creemos estar despiertos, realmente soñamos…?
Al fin y al cabo todo está en nuestra mente: ¿Hasta dónde llegará su engaño…, su manipulación? ¿Tratará de confundirnos con el sueño de igual modo que lo hace con los colores para un daltónico, o con las letras y los signos para un disléxico? ¿Cómo podremos estar seguros de que todo queda dentro de los confines de la imaginación onírica, y no de que nuestra etérea alma no viaja a un lugar lejano y extraño, a un mundo paralelo, quizás tan real como el que pisamos al despertar?
¿El ser humano podrá creerse tan infalible como para tener la irrefutable certeza sobre algo que ni tan siquiera puede palpar?
En ese momento le vino a la memoria una curiosa reflexión de un escritor y pensador británico del siglo XVIII, llamado Samuel Taylor Coleridge. Supo de él a través de Javier Mendieta, presbítero jesuita y a la sazón su profesor de filosofía; se refirió a él con una de sus meditaciones más controvertidas: “¿Y si durmieras? ¿Y si en tu sueño, soñaras? ¿Y si soñaras que ibas al Cielo, y allí recogías una extraña y hermosa flor? ¿Y si cuando despertaras tuvieras la flor en tu mano? ¿Ah, entonces qué?”
Recordaba bien aquel día, porque en torno a este personaje surgió un interesante debate que él mismo provocó.
El teólogo se sintió herido por el comentario de Yago. Don Javier, que no vestía sotana, explicaba como el bueno de Coleridge devino al final de su obra en una “filosofía mística”, y fue justo aquí donde comenzó la polémica. Yago a esta afirmación se la encontraba como una contradicción irreconciliable, así que, sin poder contenerse, levantó como un resorte la mano para opinar. “¿Qué tiene que ver la filosofía con la mística?”, preguntó con cierto aire prepotente.
-Mucho… –repuso el cura lacónico.
-“La filosofía, según la definición que viene aquí, trata las consideraciones, y reflexiones generales sobre los principios fundamentales del conocimiento, pensamientos y acción humanos, integrado en una doctrina o sistema” –dijo releyendo la frase en el libro de texto que tenía sobre la mesa del pupitre; eso no se lo podría negar…
-¿Y…? –le tentó socrático para que él mismo se respondiera.
-Que la mística afirma lo que actualmente es incomprensible para el conocimiento y la razón humana; y lo hace además de forma categórica, como si fuese una verdad absoluta e incuestionable. La filosofía, por contra, trata de dar una respuesta razonable a aquellas cuestiones que la mística atribuye a un ser divino y superior. Por lo tanto, y a mi entender, la mística se enfrenta de hecho frontalmente con la filosofía, al evitar de una forma cómoda y categórica las grandes preguntas de la metafísica.
La mística es sólo una forma de evasión, mientras que la filosofía es la continua búsqueda de la verdad.
No entiendo qué tienen ambas en común de no ser la “f” del principio –se permitió ironizar al acabar.
-¿De verdad crees que la fe en Dios está reñida con el pensamiento? ¿No puede ser la fe motivo de reflexión?
-No –replicó tajante-; el propio Sócrates se reveló ante sus dioses, a pesar de que le costase la vida.
-Es cierto…; condenado a ingerir cicuta. Lo juzgaban, supuestamente por corromper a la juventud, alejándola de los dioses atenienses. Pero en realidad el motivo era otro: La sagacidad de sus deducciones, que dejaba en evidencia las contradicciones de los que le rodeaban. Especialmente a dos de sus discípulos que, tiranos, atentaron contra Atenas.
Todos deberíamos aprender de su humildad –dijo clavando sus ojos en Yago-, y recordar su mensaje, que es una frase de cabecera: “Sólo sé que no sé nada”
La filosofía no es memorizar dogmas –dijo refiriéndose a Yago-, sino estar abierto a las ideas que fluyen, y razonarlas todas por uno mismo, en lugar de repetir los razonamientos de otros como un papagayo.
Por otro lado, el que se cree en posesión de la verdad no es un filósofo.
-Me sorprende la afirmación, viniendo de un hombre de Iglesia –le espetó Yago mordaz.
Don Javier no quiso porfiar más. Tan sólo se encogió de hombros, y le concedió la palabra a una muchacha que llevaba tiempo esperando su turno.
Era cierto, se consideraba un hombre de Iglesia, pero a la vez una persona tolerante que vivía intensamente la docencia. Dejaba que sus alumnos se expresaran con total libertad, dentro, claro está, del respeto debido; porque, como solía decir, “hay estaba la esencia de las ideas: en el debate”.
Pero lo cierto era que Yago disfrutaba con las clases que impartía don Javier Mendieta, aunque era consciente de que debía hacer un esfuerzo por controlar la vehemencia de sus argumentos, y no le dolían prendas en reconocer que a veces le cegaba su “rotunda convicción”.
Realmente, a Yago, le gustaba la filosofía, y aún más le intrigaba la psicología. Podía pasarse horas meditando, dándole vueltas y más vueltas a sus enigmas. Esto, en ocasiones, le confería cierto aire de autista ante los demás, aislado en la lejanía de su mar de dudas, a menudo abstraído y ensimismado, y sin interés aparente por lo que sucedía a su alrededor. Amén de que carecía del don de la oportunidad del tema de conversación al relacionarse con muchachos de su edad, y a menudo, cuando entraba en una charla, lo hacía torpemente, desentonando del interés general; Ese ya era motivo suficiente para que algunos no dudaran en colocarle sin miramientos la etiqueta de “raro”.
Se esforzaba sin embargo, ante los demás, de parecer una persona práctica y calculadora, cuando en realidad era un idealista y soñador empedernido. Se apoyaba en su pose de intelectual, reforzada con la imagen de empollón que le ungían las gafas redondas, pero que se acababa justo detrás de la fachada, y en los cimientos de su personalidad enseguida resurgía una criatura dogmática falta de autoestima.
Aquella inseguridad crónica, deducía él mismo, se la debía sin duda a una infancia atormentada en una familia en descomposición; elevada sobre los pilares de la costumbre, aunque infectados de carcoma desde el principio de su construcción, le convirtieron en el ser apocado y tímido que era.
Tal vez por eso trataba de huir de sí mismo; y no sólo de sí, sino del rencor que abonaba la tierra de la que surgió.
En su ensoñación se desligaba, como vástago arrancado de sus propias raíces, para reencarnarse en alguien totalmente diferente, acorde con el álter ego de su quimera: el personaje que se había inventado para sí mismo: un joven culto de curiosidad insaciable.
Alimentaba su pedantería con manuales de autoayuda, y con el estudio de psicoanálisis de Sigmund Freud, más con el ánimo de paciente que de investigador.
Pero él entendía la filosofía como “Pensamiento”, simple y llanamente... la búsqueda de la verdad, del porqué de cada cosa, por insignificante que le pueda parecer a la mayoría de “los mortales”, o que nadie se hace, porque es incapaz de encontrar una respuesta lógica: ¿De dónde venimos?; ¿A dónde vamos?; ¿Es finito, o infinito el Universo?
Regresó de un salto de su introspección, y pisó de nuevo el suelo de la realidad. Miró de nuevo el reloj y se dio cuenta de que eran ya las seis y cuarenta. Se aseó y desayunó lo más rápidamente que pudo y salió de casa.
Ernesto -su compañero de trabajo- le estaba esperando en su viejo Chrysler 150 verde, con el motor en marcha. Yago entró y saludó sin mucho afán.
-¡Buenos días Ernesto!
-¡Buenos días Yago! ¡Vaya mañanita de frío, eh!
Ernesto aceleró despacio, el coche se movió unos metros a trompicones, con un ronroneo incierto, y de repente se paró en seco. Volvió ha girar la llave de contacto, pero el Chrysler no respondía. Lo intentó una y otra vez con insistencia, pero tan sólo recibió por respuesta los quejidos lastimeros del viejo motor extenuado.
Ambos se miraron con gesto de resignación. Sobraban las palabras. A pesar de lo cual Yago exclamó una queja: “¡Estupendo, habrá que empujar!”.
Así que se bajó, y empujó el vehículo desde el maletero, hasta que éste recorrió unos pocos metros más y comenzó a toser su carraspera. Ernesto le avisó desde el volante: “¡Vamos, sube rápido, antes de que se vuelva a calar!”, le apremió.
Yago entró al vuelo y cerró la puerta.
-Hoy llegamos tarde -dijo Ernesto.
Su cuñado era una persona taciturna, parca en palabras, y aún les quedaban más de quince minutos de viaje. Así que Yago recostó la cabeza en el respaldo, cerró los ojos, y se dedicó a escuchar la radio. En ese momento sonaba una canción de Miguel Bosé:
...Parecen diez minutos, pero hace horas que estamos en camino y no se ve la costa. El autorradio canta “no te separes“, el autorradio canta “no te separes, ven“...
Le resultaba relajante ponerle melodía al movedizo paisaje de labranza que se veía desde la ventanilla, mezcla de ocre y cardenillo; donde los solitarios árboles competían en una reñida carrera de campo a través.
Mientras tanto, Yago, con la mirada perdida, clavada en un horizonte infinito, dejaba que fluyeran sus aun adormecidos pensamientos, acompasados, como si de la banda sonora de una película se tratase, por el lejano rumor de la canción.
Le encantaba cerrar los ojos mientras escuchaba música, liberando su mente, y dejando que todo tipo de pensamientos y fantasías corriesen por su imaginación a gran velocidad, al ritmo de los acordes. Se sentía el protagonista de una historia que sólo él podía controlar con sus deseos, como un dios creador.
Ernesto le devolvió a la realidad; un coche se disponía a adelantarles más rápido de lo normal.
-¡Ande vas, pirao! –exclamó contrariado, y Yago regresó de su embelesamiento de un salto.
-¡Vaya prisa que tiene ese…! –opinó.
Al momento, Ernesto giró el volante hacia la izquierda, atravesando la verja de la fábrica que quedaba a su izquierda, y casi de seguido volvió el volante a la contra para meterse en el aparcamiento que había frente a la entrada. Buscó, mientras conducía resuelto por la pista, una plaza libre a cubierto, bajo una de las tejavanas de Uralita, que en varias filas paralelas, se alineaban a lo ancho del recinto.
Metió el coche en batería y marcha atrás en el primer hueco que vio.
Al caminar, la gravilla se revelaba bajo sus pies con crujidos que acompasaban sus pasos, rompiendo el silencio de su desgana, mientras se enfrentaban de cara al húmedo y frío viento otoñal.
Detrás de ellos paró un autobús, frente a la garita del guarda, y al momento, tras éste, otro se puso a continuación haciendo fila.
Comenzaron a bajar los pasajeros, trabajadores de la fábrica; algunos de los cuales ateridos, se encogían tratando de refugiarse dentro de sus abrigos. Ernesto se dirigió socarrón a su compañero, burlándose de ellos: “¡A estos de oficinas les metes una mañana donde estamos nosotros y no duran ni media hora! ¡Caerían como pajaritos…!”
Entraron en el vestuario a oscuras. Ernesto tocó la llave que había a la derecha de la puerta, y unos trémulos fluorescentes iluminaron quedamente la sala. Cada uno se dirigió a sus respectivas taquillas, y al abrir la suya Yago una bocanada de aire dulzón le provocó unas repentinas arcadas.
-No te preocupes –le tranquilizó su cuñado sarcástico-; eso es sólo al principio. Luego se te “idiotiza” el olfato, y ya no lo notas…
-Esto no debe de ser bueno… -remarcó Yago.
-Desde luego que no; aquí tenemos todas las papeletas para que nos pegue un buen tajazo el cangrejo. ¡Cagüen tal, pero qué le vamos a hacer! ¡No queda otra! Hay que llevar dinero a casa… ¿Tú sabes lo que pago yo de hipoteca? Y tengo dos críos que no veas lo que tragan…
-Pues yo sólo espero no quedarme aquí para siempre…
-¡Mejor que no te falte di tú! –replicó Ernesto.
Sin embargo, Ernesto, detrás de aquel aspecto fortachón, albergaba en su interior un ser aprensivo, capaz incluso de somatizar todos sus miedos; se le había metido en la cabeza que se iba a morir joven, y siempre creía ver en cualquier manifestación de su cuerpo el síntoma de algo terrible.
Tosía con carraspera, mientras, palpándose la papada, se quejaba con un resuello: “Tengo que ir al médico; esta molestia en la garganta no es normal. Así mismo empezó mi vecino y duró unos meses…”
Tal vez el hecho de quedarse huérfano de madre a edad temprana, y poco después del padre, pudo labrarle ese miedo desaforado.
Sin embargo, a Yago, no se le ocurrió otro consuelo que citar a Séneca. Tal vez, aunque con poco tino, la máxima del cordobés acerca de la muerte fuera apropiada; sin embargo, la intención de Yago parecía más la de lucir sus airosos conocimientos, que ayudar a Ernesto a vencer su hipocondría: “Hay que aceptar la muerte para poder disfrutar de la vida, y sacarle así el máximo partido; mal vivirá quien no sepa morir bien.”
Ernesto era el más pequeño de cuatro hermanos y una hermana.
La que iba a ser la segunda hembra de la progenie se fue a acompañar a su madre a los veinte días de nacer, la cual tampoco sobrevivió a la hemorragia que le sucedió al parto.
Al parecer, la neonata, se ahogó durante la noche con su propia flema. A la mañana siguiente, extrañado el padre al no oír su llanto, entró en la habitación y se la encontró lívida, en la misma cuna de madera en la que antes habían dormido hasta los dos años el resto de sus hermanos.
Fueron dos mazazos casi seguidos en la línea de flotación de la moral del cabeza de familia, imposibles de asimilar para Marcial Dorado, y éste cayó a continuación en una depresión con la que su entereza mítica ya no pudo.
Por aquel entonces Ernesto tenía siete años, y la orfandad de madre se completó con la de padre. Tuvo, a la sazón, que hacerse cargo de él el hermano mayor, Vicente, con el que se llevaba casi veinte años.
Para Vicente supuso una gran responsabilidad; para Ernesto, las insustituibles pérdidas supusieron además otro quebranto: el de la inocencia; descubrir de golpe que nacemos para morir.
La desgracia se cebó sin contemplaciones, encargándose de ponerle rostro a la muerte, para convertirse de repente en algo real y tangible. Ernesto creció rápido, y se hizo igualmente, un hombre hecho y derecho, en un tiempo en el que aún no existía la adolescencia.
Con catorce años recién cumplidos le pidió un permiso escrito al hermano y se puso a trabajar, para aportar un sueldo en la casa. Primero fue mozo de almacén, luego peón de obra, más tarde fontanero…, y así, pasando por una retahíla de oficios, finalmente tubero.
Conoció a Inés, la hermana de Yago, y se casaron antes de cumplir el primer año de noviazgo, para formar su propia familia. Se convirtió en padre por primera vez a los veintitrés años; casi a la misma edad que ahora tenía Yago, que eran veintiuno.
Y es cierto, -pensaba Yago desde la lejanía de su mundo- no es breve la vida cuando no desperdiciamos el poco o el mucho tiempo que nos toca vivir; es breve únicamente si nos dedicamos a la vida ociosa, o tal vez al contemplar impasibles su marcha, desde la rutina de quien no concibe salirse del círculo vicioso creado por la inercia social.
Qué triste debe de ser, al observar el pasado desde la atalaya de nuestros últimos días, rememorando los sucesos de nuestra vida como quien pasa las páginas de una novela, y comprobar horrorizados cómo no hay nada que merezca la pena contar. Qué profundo desaliento debe de provocar la ausencia en sus líneas de locuras, amores disparatados, proyectos y sueños conseguidos...; que hemos ido dejando pasar los días sin llenarlos de felicidad, ni de emociones; que la rutina nos permitía predecir lo que iba a suceder cada día después.
Es entonces cuando supongo que asusta la muerte: cuando nos damos cuenta de que ya no queda tiempo para enmendar nada, ni para hacer lo que en su día no hicimos.
Por momentos, y a pesar de su juventud, Yago sentía como el tiempo se le escapaba, corriendo tras un tren en marcha que cada vez parecía más inalcanzable.
Ya había sobrepasado la barrera de los veinte y no había hecho nada interesante en su vida. Su único proyecto consistía en tratar de alcanzar la nota para poder matricularse en alguna carrera de letras.
Le gustaba la filosofía; tal vez porque encajaba con su carácter meditabundo, aunque reconocía que su vocación no le iba a abrir las puertas a un gran futuro profesional. En los tiempos que corrían, donde el dinero, la globalización, y el reinante frenético ritmo de vida anulaban al individuo como ser exclusivo.
En este mundo no había hueco para la introspección o la reflexión.
El estudio de los grandes sabios de la humanidad y su testimonio comenzaba a verse como algo caduco y falto de aplicación en la sociedad moderna, pensaba. Aristóteles, Platón, y el mismo Sócrates ya no cabían en este mundo materialista de prisas y alta tecnología.
Sin embargo él recordaba con nostalgia la asignatura de filosofía, sus vehementes debates, y hasta el gesto contrariado de Javier Mendieta.
Admiraba profundamente a los filósofos contemporáneos españoles, como por ejemplo José Ortega y Gasset, o Fernando Savater. Pero también, por supuesto, a los padres de la filosofía; los cuales se adelantaron a la época que les tocó vivir, y marcaron el principio de la humanidad: Sócrates, Platón, y Aristóteles.
Yago consideraba, que era en el siglo VII antes de Cristo, con el nacimiento de la filosofía, cuando nace también el ser humano en toda su plenitud; un ser completo.
Sin embargo albergaba hacia los clásicos un reproche en su interior; sentía que un ulterior poso de machismo mancillaba el fecundo pensamiento de Aristóteles, y aunque lo justificaba en parte la época en la que vivió, su criterio sobre el papel de la mujer malograba su obra como un pelo en la sopa; que viese a ésta como un objeto pasivo, cuya única misión era gestar la vida que un hombre había depositado en ella, comparándola a la tierra que es fertilizada por la semilla, o sea el hombre, dejaba a la mujer bastante mal parada. Aristóteles la degradaba hasta considerarla como un “hombre incompleto”. Esto era algo que a Yago le desencantaba profundamente en una persona tan lúcida.
Además esta idea caló hondo, siglos después en la moral católica de la edad media, de la cuál, por cierto, aún quedaban resquicios en nuestros días. Así que Aristóteles era en parte responsable del machismo perenne de nuestra civilización.
Yago pensaba que tenía mucho que decir en esta y en otras muchas cuestiones. Por eso se había propuesto estudiar filosofía y letras el próximo curso. Este año le convenía trabajar y ahorrar dinero suficiente. Para empezar, y si era posible además, mejorar sus notas; de este modo, con suerte, podría conseguir una beca, y al próximo curso ya se vería…
Con renovado afán de superación recuperó el ánimo, y empezó a cambiarse. Colocó la ropa limpia de calle en dos perchas, y la guardó en una de sus dos taquillas. Abrió la segunda y sacó el mono, aun con el polvo pegajoso del día anterior adherido al tejido. Lo sacudió un poco y se lo puso.
Estaba sentado en el banco, anudándose los cordones de las botas, cuando la puerta de entrada se abrió súbitamente, rebotando contra la pared en un trémulo redoble. Yago levantó la cabeza para ver quien había entrado; su mirada y la de Ernesto confluyeron en el recién llegado.
Era Andrés, el capataz. Se dirigió a su cuñado, en quien tenía más confianza.
-¡Rápido!, hay que desatascar una tubería de hidróxido sódico, urgentemente –les urgió.
-¿Dónde? -preguntó Ernesto.
-En el pabellón de sulfuro de sodio –les indicó.
-Ahora mismo vamos -contestó Ernesto.
-No os olvidéis de poneros el traje antiácido -les advirtió, y a continuación se fue por donde había venido, dejando la puerta abierta.
-¡Bueno, vamos! -apremió a Yago.
Pasaron de camino por el pequeño taller que había en frente.
Ernesto tiró de la rústica puerta metálica para vencer la resistencia de la llave. La pesada hoja se atrancó en seco antes de abatirse del todo, pero su queja se confundió con el ensordecedor bramido de los compresores de aire que había en el cuarto contiguo.
Las cristaleras que había a ambos lados, polvorientas, teñían de gris los rayos de sol que se atrevían a entrar en aquella caverna.
Era una estancia casi cuadrada, de unos ocho metros de largo por otros seis de ancho. Tenía las paredes encaladas hasta el techo.
De la que quedaba frente a la entrada colgaba un tablón de madera, donde se asían, bien ordenadas, las herramientas que convenía tener más a mano, y justo encima de la mesa de hierro que allí quedaba arrinconada. Ésta tenía un tornillo en cada una de las esquinas que quedaban al aire, donde amarrada se sostenía una tubería que aguardaba mejor ocasión para ser reparada.
Había estanterías de pie, atestadas de piezas de recambio, pesados cachivaches de metal, y útiles varios que dormitaban aburridos, añejos, esperando para nada mientras criaban polvo.
El suelo era de frío cemento, tan austero como el de un monasterio; Yago sintió un escalofrío.
Recogieron la herramienta que necesitaban, y allí mismo se vistieron con un pantalón y un anorak de grueso tejido impermeable, una pantalla facial transparente y curvada, y unas botas de goma.
Cuando llegaron al pabellón de sulfuro de sodio ya estaba esperándoles Andrés, el capataz.
Era un enrevesado entramado de tuberías, entremezclado dentro de una estructura de metal, que albergaba en el centro, como su órgano principal, lo que era el corazón: un inmenso depósito hecho de acero inoxidable, del cual, partían o iban a morir la mayoría de los tubos que allí se veían, y que, como tentáculos, quedaban interconectados todos ellos a la víscera primigenia de aquel monstruo de metal.
Alrededor de sí, los satélites de la madre nodriza: otros depósitos, del mismo material, aunque de menores dimensiones.
Yago levantó la vista hasta alcanzar con ella los veinte metros de altura que la planta levantaba del suelo, y de seguido subieron en fila los tres hombres la escalinata de rejillas de hierro galvanizado. Andrés lo hacía delante, sirviendo de guía, con la agilidad de un atleta a pesar de sus cincuenta y ocho años de edad.
Era de naturaleza enjuta y tez morena; sin embargo, a pesar de los años, sus ojos almendrados aún mantenían la mirada despierta y chispeante de un adolescente.
Al llegar a lo alto de la torre Yago no pudo disimular, y no sin cierto bochorno, su falta de ejercicio.
-Ésta es la brida que tenéis que soltar –indicó Andrés con el índice-. Después metéis vapor con un latiguillo, hasta que rompa el tapón que hay dentro. No sé cuantos metros de tubería estarán atascados, así que tendréis que ir soltando tramos hasta que quede toda limpia.
Ernesto y Yago rebuscaron en la caja de herramientas, sacaron cada uno un par de llaves fijas, y se separaron unos metros para acometer por separado la faena: soltar la tubería obstruida por sus dos extremos para desbrozarla, tal y como habían hecho cientos de veces.
“Empieza aflojando las dos tuercas que te queden más alejadas, por si acaso sale algo, para que no te salpique”, le recomendó Ernesto.
Yago, en un principio siguió su consejo, pero una de éstas se le resistía, como si se hubiera gripado. Entonces probó con una de las dos que le quedaban de frente. Parecía igualmente agarrotada; tiró con fuerza hacia sí de una de las llaves, hasta que la tuerca cedió media vuelta. De repente un sifonazo del fluido que había dentro de la tubería le salpicó en la pantalla facial, y un instante después tenía la ropa empapada del líquido viscoso.
Ernesto corrió hacia él, cogió una manguera de agua, y la dirigió directamente hacia su compañero.
Yago sentía en el brazo un intenso calor que le abrasaba, y como la piel se le iba tensando más y más. Rápidamente se quitó la chaqueta del traje antiácido; la manga derecha de la camisa que llevaba debajo también estaba impregnada de líquido.
-¡Ernesto!, ¡échame agua aquí! –le invocó a gritos mostrándole el miembro enrojecido.
Ernesto atendió al instante su súplica, pero Yago, con ello, no conseguía sentir ningún alivio; seguía notando cada vez más cómo le ardía la piel, mientras se le agrietaba, al tiempo que unos diminutos granos empezaban a segregar sangre.
Pensó que lo mejor sería frotarse con jabón, para eliminar aquella sustancia aceitosa que se pegaba a su epidermis. Se fue corriendo como alma que lleva el diablo hacia los aseos más cercanos, espantado, con aquella sensación insufrible de fuego que le corroía el antebrazo.
Ni siquiera prestó atención a la señal amarilla de precaución que se apoyaba junto a la puerta. Nada más atravesarla, súbitamente, sus pies se elevaron del suelo por encima de sí mismo con la misma inercia de la carrera.
Por un instante creyó levitar horizontal al piso, pero fue tan sólo una fugaz ilusión, porque al momento, la tozuda realidad de la física y la gravedad se manifestaron con contundencia inclemente sobre su costal.
Dentro, una muchacha pasaba una fregona por el suelo. Se llevó instintivamente una mano a la boca, en un gesto al tiempo de susto y de sorpresa. Al instante dejó el palo que tenía entre las manos y se apresuró a ayudarle a incorporarse. Mientras, a Yago ni siquiera la vergüenza le ayudaba a esconder su padecimiento.
Se levantó con el cuerpo magullado, ansioso por meter el brazo bajo un grifo, y, desesperado abrió la llave a todo lo que daba.
Comenzó a frotarse fuertemente con jabón.
Era un detergente áspero y fuerte, alcalino. Se restregó con fuerza la piel zaherida, al rojo vivo, apretando los dientes para contener el dolor. Pero sabía que era necesario insistir.
Poco a poco empezó a sentirse más aliviado.
La muchacha permaneció junto a él, observando la llaga con gesto turbado.
-¿Te encuentras bien? –se interesó ella.
-Ya mucho mejor, gracias -contestó Yago.
-¿Qué fue lo que te pasó?
-Me ha salpicado sosa en el brazo –dijo.
-Deberías ir al botiquín, para que le echaran un vistazo –dijo señalando la herida con el mentón.
-Sí; voy ahora mismo.
Ella le ofreció la toalla limpia que tenía en la mano.
Yago, hasta entonces, no había reparado en su cara: Era de una belleza plácida. Sus ojos azabaches, más bien pequeños, pero algo rasgados le daban un matiz oriental a su rostro. La tez morena tenía un brillo que denotaba su tersura.
Peinaba los brunos cabellos en sortijas. Tenía la nariz pequeña, ligeramente chata en la punta, pero recta de perfil. Su sonrisa poseía algo de sensual; aquellos labios carnosos envolvían una dentadura perlada, y perfecta, que más parecía la obra de un orfebre.
Yago, por un segundo, se quedó como paralizado mirándola. Le sorprendió la armonía de sus rasgos, perfectamente simétricos.
Ella parecía algo mayor que él: rondaría los veinticinco, pero su cuerpo ya hacía tiempo que había dado el salto de la pubertad, y sus curvas sinuosas poseían toda la contundencia de una hembra hecha y derecha.
Yago la miraba hipnotizado desde su cándida e incierta adolescencia, jurándose no haber visto nunca mujer tan hermosa como la que tenía ante sí.
La joven le tendió de nuevo la toalla, desconcertada por el talante pasmado de aquel extraño muchacho.
-Perdona.… ¿La quieres? Estás mojando el suelo… –advirtió risueña.
-¡Oh, sí, claro…! -respondió turbado cogiendo la toalla.
En ese momento entró Ernesto, con gesto de preocupación.
-¿Cómo estás Yago?
-Mejor...
-Déjame ver… -se interesó.
-Lo tengo en carne viva, pero al menos ya no me quema como antes…- dijo mientras se lo mostraba-; de todas formas iba ahora a la enfermería, para que le echen un vistazo…
-Te acompaño –se ofreció solícito-. Eso con una pomada se te cura… –sentenció y marcharon juntos.
-¡Que te sea leve! –le deseó la muchacha desde atrás.
-¡Gracias! –la saludó volviendo la cabeza sin dejar de caminar.
Le aplicaron una pomada desinfectante en la llaga, y se la cubrieron con una gasa estéril. Después le protegieron la herida con una venda, y siguió trabajando normalmente.
El resto de la jornada transcurrió sin sobresaltos. Pero Yago ya no podría quitarse a la muchacha de la cabeza. Con el afán y los nervios no se acordó de preguntarle cómo se llamaba. Sin embargo no importaba; trataría de encontrarla de nuevo, buscando la ocasión, mas fingiendo un encuentro fortuito.
Cuando la sirena de la fábrica dio las seis de la tarde Ernesto y Yago se fueron a la ducha como cada día.
Tenían un horario diferente que la mayoría del personal, el cual trabajaba en turnos de mañana, tarde, y noche. Ellos por el contrario, hacían un descanso al mediodía para almorzar. Por lo tanto, a esa hora, generalmente estaban solos en el vestuario.
Yago se lió una bolsa de plástico en el antebrazo, por encima de la gasa, y la fijó con cinta adhesiva bien pegada a la piel, para que no se le filtrara el agua en la herida.
Dejó que el agua empapara su pelo enredado, apelmazado por la suciedad, y lo enjabonó paciente, adentrando los dedos en la espesura de la selva que eran cada tarde sus cabellos de esparto.
Qué relajante resultaba una lluvia de agua tibia después de una dura jornada de trabajo. Yago solía permanecer debajo del chorro durante un buen rato, como sumergido en una catarata; le gustaba sentir su fuerza revitalizante batiéndole la espalda.
Mientras se dejaba mimar por el chorro de agua y su placentero masaje, se acordó de la muchacha de los lavabos. Lo hizo desconcertado, con un cóctel de sentimientos donde se entremezclaban la ternura y la sensualidad. Al momento, casi se sorprendió de la reacción de su propio cuerpo, tras comprobar, mientras se enjabonaba por debajo del vientre, como se enarbolaba arrollador el estandarte que medraba de su entrepierna; el incondicional e infatigable compañero de su impetuosa adolescencia; intrépido aventurero, sediento, mas siempre a la expectativa, pero sin embargo casi nunca complacido; amigo íntimo en la soledad de sus momentos de fruición.
Avezado, pero eterno frustrado, le urgía a Yago a desprenderse del lastre de la castidad a cada momento.
Cerró los mandos del agua, y comenzó a secarse con la toalla. Mientras lo hacía, se percató de que una de las sandalias de caucho tenía rota la cinta que le sujetaba el pie a la suela, de tal manera que tropezaba con ella al andar. Terminó de secarse y salió de la ducha, con la toalla amarrada a la cintura a modo de falda, cubriéndole hasta las rodillas.
Caminaba precavido, despacio hacia las taquillas, levantando más de la cuenta el pie derecho para librar el suelo en cada paso.
De pronto se abrió la puerta de la calle, y al momento asomó la cabeza por ella la joven que venía robándole el pensamiento desde aquella misma tarde.
A Yago el rubor le petrificó de repente todas las junturas del cuerpo, queriendo la mala suerte que trastrabillara en el piso con la sandalia rota.
De forma instintiva soltó la toalla, buscando a la desesperada un punto donde apoyarse antes de darse de bruces contra el suelo. Consiguió frenar la caída cuando sus manos toparon con la taquilla que estaba justo frente a él; pero al soltar la toalla ésta se resbaló de su cintura, y Yago se quedó ante la muchacha igual que su madre lo trajo al mundo.
Ella no pudo contener la risa, y no se la podía culpar por ello, porque lo cierto es que la situación resultaba demasiado cómica para contenerse.
Yago, sin embargo, deseaba que se lo tragase la tierra. Se sintió el bufón de la ocasión. No tanto por su desnudo mejorable, sino por la escena chusca de la que había sido el protagonista indiscutible. Su cómica y torpe representación había colmado con creces su sentido del ridículo.
La joven cerró la puerta, mientras pedía perdón entre risas contenidas: “¡Lo siento! ¡Pensé que no había nadie…!”, y se fue.
Nada más quedarse solos Ernesto reventó sin recato en una incontenible carcajada. Yago le replicó con una mirada de reproche, pero no dijo nada; lo que menos le apetecía en ese momento era hablar. Ernesto descifró su humillación, y trató de disculparse.
-¡Perdona! -dijo Ernesto.
Yago seguía sin contestar, de modo que Ernesto insistió para intentar animarle:
-¿Pero, por qué te preocupas tanto? No tiene ninguna importancia.
-¡Qué vergüenza! No me voy a atrever a mirarla más a la cara.
-O sea; que te gusta… Pues mejor tonto: ahora sí que se ha quedado contigo –bromeó-; además…, ya te conoce de cuerpo entero… -añadió con picardía.
No dijo nada más. Al fin y al cabo ¿Qué podría contestar…? ¿Cómo podría explicarle de su incorregible timidez, especialmente con las chicas?, o de su invencible complejo de inferioridad: se miraba en el espejo de cuerpo entero, y no se imaginaba despertando el deseo de ninguna persona del sexo contrario, con su piel blancuzca y sus carnes fofas, carentes de musculación. Trataba de colocar los hombros, que se empecinaban en situarse el uno por encima del otro.
Su madre, como si adivinase sus complejos, le alagaba la estatura y la delgadez: “¡Qué espigado estás hijo, tan alto y en tu peso!”, y ante su desánimo insistía: “¡Ya tendrás tiempo de ensanchar con los años! ¡Mejor es estar como tú estás! ¡Hazme caso…! Lo fácil es engordar…”
Quedaba empíricamente demostrado, se decía resignado, que para una madre su hijo siempre es el más guapo.
Retornó sus pensamientos hacia la muchacha.
Realmente, Yago, sentía la necesidad de una pareja en su vida, y no sólo por la esclavitud al que le sometían las imparables urgencias de su sexualidad veinteañera. Ansiaba aún más que todo aquel frenesí el calor de un abrazo, y la ternura de un beso en los labios.
Podría parecer un enamoradizo, pero en realidad era tan sólo un mendigo de amor que anhelaba sentirse importante para alguien.
Lo necesitaba así, tal vez como un paliativo para vencer su endémica inseguridad.
¿Y si efectivamente era así?, que se dejaba cautivar por la primera chica con la que se cruzaba por el camino. En tal caso, ¿Qué había de malo en ello…? Al menos esto le hacía mantener una ilusión; un aliciente especial…; un motivo seguir adelante cada día tras bajar los pies de la cama, se decía a sí mismo.
“Además, el cariño era algo hermoso; un sentimiento humano, que nos convierte en personas. Alguien que es incapaz de apenarse ante la desgracia ajena, de sufrir al contemplar la miseria de los demás, aunque sea a través de la infinita distancia de la televisión, no es una persona completa, tal vez ni siquiera un humano.
Una persona que permanece, sentada cómodamente en el sofá de su sala de estar, impertérrita al contemplar en la pantalla a una infeliz criatura llorando de hambre, sin ser tan siquiera capaz de apenarse, es porque tiene seco el corazón: ¿Cómo podrá entonces enamorarse de alguien…? ¿Querer a su familia si la tiene? ¿Ser leal a sus amigos?: aun más difícil; y en definitiva, pensar en alguien más que no sea él mismo.
Definitivamente el amor es algo universal que nos humaniza, es decir; que o se tiene capacidad para amar, o no se tiene. Es el sentimiento que nos convierte en personas, y que es capaz de ahogar nuestro egoísmo”, concluyó satisfecho convenciéndose a sí mismo.
Le vino a la memoria una cita de Erich Fromm, que el cura don Javier recordó con acierto en una de sus clases magistrales ante sus alumnos: “El amor maduro dice: te necesito, porque te quiero; pero el amor inmaduro dice: te quiero, porque te necesito”, pero en su quijotesco empecinamiento por conocer el amor ideal no se reconocía en el final de la sentencia.
Cuando Yago llegó a casa aquella tarde su padre estaba en la sala de estar, viendo un partido de fútbol en la tele. Yago saludó:
-¡Hola papá!
-¡Qué pasa macho! –respondió sin apartar la vista de la pantalla-. ¿Fue bien hoy el trabajo?
-Sí…; como siempre. ¿Y mamá…?
-Salió a hacer unas compras.
Entró en el universo privado de su habitación, y cerró la puerta. Se quitó la chaqueta, se puso las zapatillas y una bata de paño, y cogió el libro que había sobre la mesilla de noche: El diccionario filosófico, de Fernando Savater. Don Javier había recomendado a la clase su lectura, y Yago había tomado su consejo.
No se arrepintió de hacerlo. Resultaba interesante, y le ayudaba a entender algunos conceptos como: el humanismo, la igualdad, la justicia, la libertad, el nacionalismo, el racismo, o la religión.
Realmente era sorprendente lo peligrosa que podía llegar a ser la ignorancia. Con que facilidad se convierte ésta en racismo, xenofobia, o nacionalismo, y consecuentemente en fascismo.
Nicolás, su padre, abrió la puerta de repente:
-¡Gol del Madrid! -exclamó entusiasmado sin entrar- Lo ha marcado Raúl… ¡Menudo baño le está dando el Madrid al Inter…!
-¡Qué bien! –se congratuló Yago, con fingida alegría.
Se levantó de la silla y siguió hasta la sala de estar los pasos apresurados del padre para ver la repetición de la jugada, mostrando un interés que ciertamente no sentía, pero que al menos les ayudaba a mantener alguna conversación.
No le gustaba en absoluto el futbol, y casi ningún deporte, sin embargo le dejaba creer a Nicolás que era un hincha de su mismo equipo. Era la escusa perfecta para tener algo de lo que hablar; una manera de recordarle su existencia. El futbol se había convertido para ellos, a falta del filiar, en el único nexo de complicidad.
En todo lo demás no podían, ni uno ni otro, disimular sus diferencias; por eso el balompié era como una tregua a sus continuos encontronazos y a su falta de comunicación.
-¡Vaya un golazo por toda la escuadra! –exclamó con falsa admiración.
En ese llegó Pilar:
-¡Otra vez fútbol…! No sé cómo no os cansa tanto balón…
Yago, ayúdame por favor a poner la mesa para que cenemos; porque si se lo dejó a tu padre... –suspiró con resignación. Pero su queja pasó inadvertida para los oídos sordos de Nicolás, absorto como estaba en el partido.
-Ya voy-se ofreció el hijo.
-¡Apúrate! –le urgió.
Al pasar por la puerta junto a ella le llamó la atención el trozo de venda blanca que se dejaba entrever bajo la manga: “¡Pero hijo!…; ¡¿Qué te ha pasado ahí?! –preguntó con preocupación-. Le sujetó la mano e hizo la intención de arremangarle la bata, pero la mano libre le salió al paso. “Déjalo; no es nada”, la tranquilizó.
-¿Tú se lo has visto? – preguntó dirigiéndose a su esposo.
-¡No…! Yo no le he visto nada.
-¡Tú qué vas a ver! –le soltó sin volver la mirada.
-¡Y qué voy a saber yo! Él no me dice nunca nada...
-Me cayó sosa -explicó Yago.
-¿Te lo han curado bien? –preguntó la madre.
-Pues claro mamá…
-Tienes que tener más cuidado hijo…
-¡Eso son gajes del oficio mujer…! -la interrumpió el padre-. Me acuerdo yo cuando tenía su edad…; trabajando de peón…, tenía que romper el hielo de la mañana con el puño, para sacar los azulejos del agua… Pues hubo un día…
-¡Sí! ¡Ya…, ya…! No empieces otra vez con lo mismo, que el que se ha accidentado ha sido el niño…
-¡El niño ya es un hombre coño! ¡Deja de tratarlo ya como a un crío, que tiene veintiún años…!
Si fuera por ti lo tendrías siempre entre tus faldas…
-¡Vete a la mierda! –lo espetó ella con un resentimiento añejo larvado en veintiséis años de matrimonio, y se fue para la cocina apretando los dientes, con la incontenible rabia derramándosele por el lagrimal.
Sorbieron la amarga sopa de la cena en un absoluto silencio, roto tan sólo por el sordo tintineo de los cubiertos. Yago acabó el primero, y al momento se levantó para recoger los platos y fregarlos, pero su madre lo paró en seco: “Deja eso; no te vayas a poner a fregar ahora con el brazo como lo tienes...; yo lo hago…”, dijo Pilar.
El padre se levantó quedo de la mesa, sin más ruido que el que hizo la silla al arrastrarla sobre el suelo, y regresó a la sala de estar para hundirse de nuevo en el sillón, frente al televisor.
Yago, con una maña de rutina, anudó la bolsa de la basura con los restos de comida, y salió de casa con ella: “Voy a bajarla”, le dijo a la madre.
De regreso se lavó las manos y se cepilló los dientes; lo hizo mecánicamente, casi sin conciencia de ello. Estaba rendido del trabajo.
Al salir del baño volvió la cabeza a su izquierda. Su padre seguía hipnotizado mirando la televisión. Separados por un tabique, en la cocina, la madre; permanecía sentada en la silla, frente al fregadero, ensimismada; en una especie de estado autista, mordisqueaba las uñas mientras rumiaba la rabia que le subía desde las entrañas; al tiempo, con un leve movimiento nervioso balanceaba el tronco de delante hacia atrás.
Quizás, dudaba Yago, debiera al menos haber hecho con sus padres el intento de apaciguar las aguas tempestuosas de su recurrente desencuentro.
Pero lo cierto era que hacía ya años que se había acostumbrado a contemplar la marejada desde la orilla.
De niño era aun mucho peor, y al final siempre la resaca acababa por arrastrarle. La frustración de su madre a menudo terminaba pagándola él a bofetones. Los desencuentros y las estrecheces económicas que padecían en aquella época le habían agriado el carácter, y le provocaban al punto lapsos de temibles metamorfosis. En esos momentos, y tras los estallidos de furia se transformaba en una suerte de diosa Durga de incontables brazos, que lo golpeaban una y otra vez sin descanso, sin dejarle siquiera levantar del suelo. Eran látigos que restallaban contra cada rincón de su cuerpo, mientras sus manos de cemento se agitaban incontroladas.
Indefenso y acorralado suplicaba perdón, tratando de protegerse la cara con las manos, y en la sinrazón de su cólera entendía la pose como una amenaza y un desacato. Entonces era aun peor, porque su indignación y su rabia se enardecían sin medida.
Pero sus palabras no eran menos dolorosas; le escupía en una diatriba de reproches sobre lo que ella consideraba que había sido un inoportuno accidente: “¡Qué lástima que no te parí en sangre!”, le espetaba con rencor.
Aún hoy, después de tanto tiempo, no podía borrar los flashes de las películas de terror que vivió durante años junto a ella. A menudo su memoria lo torturaba, haciéndole revivir aquellos horribles momentos, mientras padecía en su corazón los pinchazos de sus clavos al rojo vivo.
Decidió, como premio a sí mismo, no vivir siempre cargando en las alforjas el lastre del rencor. Al fin y al cabo le debía el agradecimiento de haberlo traído al mundo y haberlo criado. Sin embargo, y a pesar de todo, el olvido ya no era potestad de cada uno…
Dedicó desde la puerta un saludo sin destinatario fijo:
-¡Hasta mañana! ¡Buenas noches!
-¡Buenas noches Yago! –le deseó su padre.
-Que descanses hijo -añadió su madre mostrándole la palma de la mano.
Cogió el libro que tenía en la mesilla de noche y se sentó en la cama, con la espalda apoyada contra el cabezal. Le gustaba leer unos minutos antes de acostarse. Pero esa noche, las letras no se dejaban cazar fácilmente; empezaron enseguida a bailotear ante sus ojos, mientras su vista perdida trataba de atraparlas al vuelo.
Bostezaba a cada rato; así que finalmente no le quedó más remedio que claudicar ante el sueño. Sin duda ese había sido un día muy duro.
Apagó la luz, recostó la cabeza sobre la almohada, y se quedó dormido casi al instante.



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